I
Adolescentes, estas extrañas personitas que están dejando de ser niños y aún quedan tan lejos de ser adultos, obsesionados con su propia imagen, con caer bien, dominados por el miedo de no encajar y por hormonas entrando en ebullición, sintiéndose inseguros o, todo lo contrario, sobrados de autoconfianza… ¿No son propensos de mostrar algunas veces una crueldad incomprensible? Todo sea para verse aceptados por el grupo, aunque toque a veces acallar a ese gusanillo de duda interior que susurra, inútilmente, no participar en los actos que les saben mal.
No es raro, pues, que cuando un día en la ciudad se empezaba a hablar de una mujer que abandonó a su familia para irse con el amante, Alejandro, de quince años y Marina, de catorce, fueron recibidos en la entrada a las clases con risas y gritos de “vuestra madre es una puta” y “os ha cambiado por una polla”.
En esta localidad de apenas once mil habitantes, con sus tres centros educativos, uno de formación profesional, un pequeño centro comercial, una estación de autobuses y otra de trenes, un centro de salud y urgencias, centro cívico y ayuntamiento, redacción de periódico local, los pequeños comercios y algunos bares, la principal fuente de ingresos seguía siendo la fábrica de piezas de automoción. Casi toda la población activa trabajaba ahí y de una u otra manera, aunque sólo fuera de vista, todos se conocían.
Una de las personas más “famosas” era, sin duda, el director de la fábrica. Y es su mujer que había huido con el amante. Todos hablaban de su desaparición y de la escueta nota que escribió: “Querida familia, me he enamorado de otro hombre locamente. Ahora sé que solamente podré ser feliz con él. Ya no me veréis más. Espero que me podáis perdonar”.
El director se convirtió en una especie de mártir, víctima de infidelidad que ahora se quedaba solo a cuidado de sus hijos menores de edad. No sin esconder su burla, una especie de grotesca alegría bajo la máscara de compasión, los comentarios como “y parecía tan formal y responsable” y “cómo ha podido abandonar a sus hijos”, flotaban en el aire.
Alejandro y Marina siempre se habían creído afortunados, se sentían populares y no perdían la oportunidad de reírse (aunque no demasiado, para mantener su apariencia algo condescendiente con los demás) de algún compañero menos agraciado. Solían ir a clases por separado, cada uno con su grupo, y ni se saludaban entre ellos como si no fueran hermanos. Ahora – estupefactos – estaban juntos, calladitos y soportando estoicamente las mofas de sus antiguas “víctimas”.
Tan sólo sus abuelos maternos y tío empezaban a mover la tierra y el aire denunciando que la desaparición de su hija y hermana no fue voluntaria. No podía serlo.
II
La policía local que empezó a tratar el caso como desaparición voluntaria, estaba algo reacia a verlo de otra manera, aunque tenía que reconocer que no era una huida muy común.
La desaparecida, Valentina, trabajaba en una farmacia de 24 horas. Aquel día nadie, ni compañeros ni clientes, notó nada raro en ella, ningún nerviosismo especial por algo que iba a hacer, ninguna mención a un posible cambio en su vida. Era Valentina de siempre, correcta y tranquila. Salió del trabajo a su hora, las cuatro de la tarde, se despidió de su compañera con un “hasta mañana” y se dirigió a su casa caminando.
A partir de este momento ya no estaba claro cuáles fueron sus movimientos. Al parecer, llegó a casa, dejó la nota escrita a máquina y sin firmar (la familia no tenía máquina de escribir y se supuso que la había escrito antes en otro lugar), no cogió nada de sus pertenencias, se fue con lo que llevaba puesto. Dejó sus joyas, toda su ropa, bolsos, zapatos… No se llevó ni foto de sus hijos. La hipótesis era que tenía mucha prisa por abandonar el que fuera su hogar hasta ahora para no cruzarse con su marido e hijos que estaban a punto de llegar… Pero esta hipótesis flaqueaba mucho y había que empezar a darle la vuelta a todo el asunto, empezando desde cero. ¿Cómo salió de la ciudad? No tenía coche, sólo había Mercedes de su marido y lo llevaba él aquel día. Nadie la vio en estación de autobuses o trenes. Si se ha ido en coche de su amante, ¿cómo es que nadie vio nada?
Lo cierto es que este reducido cuerpo de policía nunca se había enfrentado a algo parecido. En una localidad tranquila y bastante pequeña para ser ciudad, su labor se limitaba básicamente a la investigación de pequeños hurtos, algún acto de vandalismo, intervención en las discusiones domésticas o peleas de borrachos que muchas veces se saldaban con detención de 24 horas y puesta en libertad sin cargos, atención en accidentes de tráfico y, como casos más graves, alguna violación que podía acabar en los juzgados provinciales o no si la víctima no denunciaba.
Dar con el paradero de una mujer desaparecida que no dejó ninguna pista más que una nota poco convincente, se les estaba quedando grande. La presión de los padres y el hermano de Valentina iban en aumento y, tras unas tres semanas de estancamiento en investigación, se solicitó ayuda a la policía municipal en la capital de la provincia, con más agentes disponibles y mayor experiencia en diferentes tipos de delitos.
La aparición del inspector de la provincia y las caras nuevas de policías que volvían a la ronda de las mismas preguntas, pero esta vez más exhaustivas, empezaron a callar muchas bocas. Y aunque el marido de la desaparecida seguía manteniendo que no sabía nada y creía que su mujer se marchó voluntariamente, los demás de repente empezaban a tener dudas si Valentina, conocida y respetada por todos antes de que la locura de chismorreo se apoderara de ellos, realmente había huido con su misterioso amante.
III
Así, un testigo aportó que aquel día vio a Valentina montar en un viejo Jeep tras salir de la farmacia y caminar unos metros. Conocía este coche, era de Pedro, cuñado de la desaparecida, por lo que el testigo no le dio ninguna importancia en su momento. El hermano de su marido la acercaría a su casa, ¿qué más daba? ¿Cómo iba a influir esto en su posterior desaparición?
Y sin embargo era una pista importante. El cuñado ni figuraba entre las personas preguntadas en la primera ronda de entrevistas. Era un viejo conocido entre la policía local por sus borracheras y nadie lo tomaba en serio, parecía más bien una figura molesta, incapaz de aportar información relevante, así que nadie se preocupó por preguntarle siquiera cuándo había visto por última vez a su cuñada.
Con la nueva información en manos, fue citado por la policía para una serie de preguntas.
–¿Cuándo vio Usted por última vez a Valentina?
-¿Valentina?
-Sí, Valentina, la mujer de su hermano. La desaparecida.
-Ah, ella… Pues no lo sé, no lo recuerdo bien, – el interrogado parecía encontrarse incómodo.
-Hay quien dice que el día de su desaparición montó en su coche.
Una breve pausa.
-Ah, sí, sí, ahora lo recuerdo, sí. Pasaba por allí, la vi salir de la farmacia y pensé hacerle un favor y acercarla a su casa. Bajé la ventanilla y se lo dije. Aceptó y montó conmigo.
-¿De copiloto?
-Sí.
-¿Qué hizo Usted después?
-La llevé a su casa. Bajó del coche y me fui.
-¿Llegó a entrar a casa con ella?
-No. La dejé y me fui.
–¿Tiene Usted calor?
-No, ¿por qué?
-Está sudando.
-Ah… eso… tengo resaca, ¿sabe?
-Vale, entiendo.
-¿Me puedo ir a mi casa? Necesito dormir.
-Sí, sí, puede Usted irse.
Esta breve entrevista no hizo más que aumentar sospechas de que a Valentina le ayudaron a desaparecer. El comportamiento de su cuñado, con repentinas pérdidas y recuperaciones de memoria, sudores en una habitación bien ventilada, pusieron foco de atención en él.
El periódico local publicó un pequeño reportaje sobre el último movimiento conocido de Valentina – que su cuñado la llevó a casa en su coche – y se ha vuelto a pedir informar a las autoridades de cualquier dato, por muy irrelevante que pudiera parecer, sobre lo ocurrido aquel día.
Dos nuevos testigos aportaron la siguiente información: el día de la desaparición uno vio un todoterreno cruzar el puente para salir de la ciudad. Le llamó atención porque tenía ventanillas inusualmente sucias, con manchas raras y sin haber suciedad en el resto del vehículo. Otro dijo verlo en la ciudad casi al anochecer con ruedas muy embarradas. Ambos sabían a quién pertenecía el todoterreno y lo decidieron comentar al enterarse que Valentina había montado en él antes de desaparecer.
Al establecer que el coche de su cuñado fue visto saliendo de la ciudad y volviendo al anochecer, su dueño había sido considerado digno de especial atención y puesto bajo discreta vigilancia.
IV
Si bien ya se sospechaba lo peor e – que Valentina ha sido víctima de un crimen y no se encontraba con vida – a falta de cuerpo no se podía afirmar tal cosa. Su cuñado volvía a ser citado para las preguntas complementarias. Insistió que la dejó en su casa y se marchó. Sí, salió de la ciudad para pasar la tarde en el campo y debido a las lluvias de días anteriores el coche se embarró. Nada extraño y lo sentía mucho, pero no podía aportar nada nuevo acerca del destino de su “cuñada zorra”. ¿Por qué no busquen mejor al amante?
Buscar al hipotético amante era peor que buscar la famosa aguja en un pajar. Simplemente no existía ningún dato sobre él, ni siquiera una leve sospecha de las amigas más cercanas de la desaparecida. Era un fantasma y buscarlo resultaba una completa pérdida de tiempo.
En vez de esto se estudió la nota de despedida. ¿Por qué estaba escrita a máquina y no a mano? ¿Dónde estaba esta máquina? En casa o trabajo de la desaparecida no había ninguna. De hecho, las personas de su círculo cercano ponían en duda que supiera usarla. Había que dar, pues, con la máquina de escribir que se usó para escribir la carta y eso sí que era buscar la aguja en un pajar.
Y mientras los últimos avances en la investigación parecían estancarse de nuevo, sucedía algo completamente inesperado. Una señora de 65 años se presentaba en la comisaría solicitando hablar con el inspector jefe sobre la mujer desaparecida. El inspector le atendía de inmediato, deseoso de recibir información valiosa, pero empezaba a lamentar su decisión tan pronto como la señora abría la boca.
-Yo vivo en un pueblo de aquí, ¿sabe? No soy de la ciudad, aunque la gente me conoce. Con la pensión no llego al final del mes y me gano algo leyendo cartas. ¿No me cree? Hable con la gente de aquí, me conocen. Les he dicho cosas que se han cumplido, cualquiera que ha tenido trato conmigo se lo confirmará. Pues vengo porque he soñado que está muerta esa desaparecida vuestra. Enterrada en el bosque a unos 14 km de aquí. En un claro entre abedules.
El inspector tuvo ganas casi irresistibles de insultar a la señora y sacarla de la comisaría por el cuello, pero en vez de esto rechinó los dientes y dijo que muchas gracias, que lo tendrían en cuenta y que ya podía irse la señora a su casa.
Influenciado o no por las palabras de la vidente, decidió que por algún lado había que continuar y peinar los bosques cercanos no sería mala idea. Lo malo era que la ciudad estaba rodeada de bosques, eran hectáreas y hectáreas de terreno frondoso. Parecía otra misión imposible. Se lanzó entonces llamamiento a voluntarios para ayudar en la búsqueda y se decidió empezar por el único bosque mixto de la zona, más reducido que los demás, de coníferas.
Una tarde de junio, seis semanas después de la desaparición de Valentina, dos voluntarios salían de la zona más arbolada encontrándose en un claro de bosque iluminado por el sol que ya no tardaría en ponerse. Observaban una zona con tierra visiblemente removida. Días antes de la desaparición había llovido bastante, con que la tierra resultaría más blanda y fácil de cavar. Sin embargo, después no ha habido casi nada de chubascos y la tierra removida se veía notablemente más seca. Si todo alrededor estaba cubierto por hierba, esta tierra seca, de un metro cuadrado aproximadamente, resaltaba mucho haciéndose visible como los montículos que dejan los topos en medio del jardín.
Los voluntarios se detenían y comunicaban el hallazgo al coordinador de la búsqueda por la radio.
V
La noticia de aparición de un cuerpo con evidentes síntomas de violencia, enterrado en un bosque a 15,8 km de la ciudad, llegó a oídos de todos casi tan pronto como fue encontrado. Antes de que la identidad del cuerpo fuera confirmada, ya nadie dudaba que se trataba de Valentina y que había sido asesinada. ¿Pero por quién? ¿Quién en su ciudad fuera capaz de un crimen atroz? ¿Sería algún forastero? ¿Tenía realmente un amante que acabó con su vida?
No tardaron en mencionar a la vidente que dio pista a la policía, acertando con un pequeño margen de error hasta la distancia a la que se encontraría el cadáver. Sería la misma vidente que corrió la voz sobre su sueño y conversación con el inspector, ¿pero sabría adivinar quién es el asesino? Muchas personas decían que no creían en estas cosas, pero ni ellas podían evitar sentir impaciencia de saber por cualquier medio quién es el culpable.
El cuerpo se llevó al centro médico-forense provincial. A la mañana siguiente, la policía científica confirmó la identidad del cadáver gracias al reconocimiento de huellas dactilares. Sin sorpresas, era Valentina. El informe forense tardaría un día más, pero la policía ya no tenía que esperar para proceder con la detención del cuñado de la víctima. Al ser el último en verla con vida, automáticamente pasaba de testigo a sospechoso. Su Jeep fue requisado para que la policía científica pudiera analizarlo.
Una vez detenido, solicitó que este hecho le fuera comunicado a su hermano y éste, al enterarse de la detención, ha querido presentarse en la comisaría. Una vez ahí y sin más preámbulos… confesó.
VI
Luz, rubia de ojos azules, menuda y delicada de cuerpo, tenía grandes sueños. Quería ser famosa, actriz, de ser posible, y si no, otra cosa, pero lo suficientemente exitosa para poder salir de su pueblo de mala muerte y llevar una vida despreocupada. Quería sentirse admirada, viajar por el mundo, casarse por amor y disfrutar de todo lo que a su parecer podían ofrecer dinero y fama.
Pero donde vivía, en un pueblo de menos de mil habitantes, estos sueños se veían muy difíciles de cumplir. Había nacido y crecido aquí, estudió en la capital de provincia, y, al acabar los estudios, ha tenido que volver porque fue donde consiguió el puesto de profesora de educación infantil, como rezaba su título recién obtenido. No estaba mal para empezar, la gente la respetaba y los niños la querían, pero en el fondo ella no abandonaba sus sueños. Sólo necesitaba una oportunidad.
Y la oportunidad se le presentó bajo nombre de Miguel, un hombre dieciocho años mayor que ella, pero muy apuesto, interesante y educado, que gozaba de buen estatus social y no se preocupaba por dinero. No es que fuera rico, pero le hacía regalos bonitos, la llevaba a mejores restaurantes de la región y lo más importante, le prometía que la sacaría de su pueblo para llevarla a una ciudad grande donde podría cumplir sus sueños.
Luz se quedó hechizada por él muy pronto. No se parecía en nada a los hombres toscos que había conocido hasta ahora. Tenía clase, siempre iba bien arreglado, no abusaba de alcohol y tenía un Mercedes muy bonito y lujoso en el que la llevaba de paseos a otros pueblos y ciudades cercanas.
Sí que había un problema y es que estaba casado, pero le prometía que su matrimonio no duraría mucho más. Llevaba muy mal con su mujer, ambos eran infelices, el divorcio no tardaría, pero como tenían hijos menores de edad, había que solucionar algunos asuntos legales antes.
Tras ocho meses de relación a escondidas, Luz empezaba a impacientarse. No solía preguntarle nada a su amante, confiando que ya le iría contando él todo, pero no fue así. Siempre venía a hurtadillas, la llevaba a algún hotelito, pensión o, incluso habitación de alquiler por horas, y tras unas horas juntos, tenía prisa por volver. Siempre le llamaba él a ella, y ella, aunque tenía su número de despacho, no podía llamarle al menos que se tratara de alguna urgencia. Era obvio que la seguía escondiendo, así que una tarde Luz se armó de valor y decidió hablar con él con sinceridad. Necesitaba aclarar las cosas.
VII
Miguel, hombre respetado y bien conocido en la ciudad, ahora estaba sentado cabizbajo ante el comisario, confesando su culpa.
– La conocí hace unos diez meses por pura casualidad. Después de una comida de negocios, fuimos a tomar unas copas a un bar del pueblo cercano y allí estaba ella con una triste cerveza, desconectada del resto de los presentes. Se notaba que era bastante más joven que yo, pero esto no me detuvo. Aunque ya llevaba algunas copas encima, no estaba borracho, simplemente me sentía liberado de mis ataduras sociales. No quiero entrar en detalles de lo que puede pasar por la cabeza de un hombre que lleva diecisiete años casado con la misma mujer. La rutina, la costumbre y aburrimiento son los mayores enemigos de una relación… y la carne es débil.
De modo que cuando la vi ahí, al alcance de mi mano, sola y aburrida, no dudé en acercarme a ella y ofrecerle una copa. Me miró unos segundos y aceptó. Estuvimos hablando durante varias horas y acabamos la misma noche en un hotel. Fue cierto lo que le dije a mi mujer, no iba a volver a casa conduciendo después de todo lo que había tomado, pero, como puede ver, no fue mi única razón.
Luego sentí la necesidad de verla una vez más. Y otra, y otra… Así acabó convirtiéndose en mi amante estable. Se lo conté a mi hermano, la única persona que lo sabía y hasta llegó a conocerla ya que a veces me llevaba a nuestro lugar de encuentro y otras la traía a ella. Todo era para no levantar demasiadas sospechas yendo yo a todos los sitios con mi coche.
Acabé mintiéndole para mantener esta relación. No sé bien ni por qué le decía las cosas que decía. Por un lado, creía realmente que algún día, como por arte de magia, acabaría dándole vida que quería, por otro, sabía que no me iba a divorciar. Viendo a la larga que no me preguntaba nada, me relajé… Hasta que un día se le ocurrió sacar este tema a discusión.
-Bueno, ¿cómo van tus trámites de divorcio? – me preguntó de repente.
-¿Qué trámites de divorcio? – respondí como tonto desprevenido.
-Ya sabes, estos mismos en los que me decías que estabas cuando me conociste.
-Bueno, ya sabes, estas cosas llevan su tiempo. Sobre todo, si hay hijos de por medio.
-Ya. Concretamente, llevas ocho meses así, ¿y ningún avance?
-Verás. Es que mi mujer ahora no está muy dispuesta a darme el divorcio.
-¿Quieres que vaya yo a hablar con ella? ¿Que pida por ti que te dé el maldito divorcio?
Noté que empezaba a acelerar y me asusté con la mera idea de presentarse ella en mi casa y montar un escándalo.
-¡No puedes irte a mi casa a decirle nada a mi mujer!
-¡¿Ah no!?
-¡No! ¡Ni a mi mujer, ni a mis hijos, ni a nadie que se te ocurra!
Entonces, puso su cara muy cerca de la mía y espetó:
-Pues lo harás tú, maldito hijo de puta. No me vas a mentir más. Te buscarás la vida cómo deshacerte de tu mujer o tendré que encontrar yo mis soluciones.
Me sentí intimidado por su nueva imagen. Ofendía mi hombría, obligándome a tomar decisiones que yo no quería tomar o empujándome hacia acciones que no pensaba realizar. De modo que salí sin decir ni una palabra más. El único pensamiento que tenía entonces en mi mente era que no quería volver a verla.
Cuatro días después recibía una visita importante que tenía que acompañar a la planta principal de la fábrica. Salía de allí a las cinco de la tarde, recogía a mis hijos de sus extraescolares y nos íbamos a casa. Al llegar, no encontraba a mi mujer, aunque terminaba su turno a las cuatro y, en teoría, tenía que haber estado en casa ya. No le di mucha importancia, pensando que habría ido a casa de sus padres o estaría con alguna amiga y me puse a ver la tele.
Pasadas unas horas y aún sin tener noticias de ella, he visto que sobre el aparador de la entrada había un papel doblado dos veces por la mitad en el que no me había fijado antes. Lo cogí, lo abrí… y lo tuve que releer dos o tres veces, ya que su contenido no llegaba a mi cabeza.
¿Valentina? ¿Amante? No. Seguramente, de alguna manera se enteró de lo mío con Luz y ha decidido vengarse haciéndome creer que se iba con el amante. Pasé toda la noche dándole vueltas y a la mañana siguiente llamé a mis suegros. Al enterarme que Valentina no estaba allí, se me subió la sangre a la cabeza. ¡Así que era verdad lo del amante! ¡Y qué bien escondido lo tenía! Puse la denuncia de la desaparición entregando la nota y llamé a Luz. Quedamos la misma tarde.
Ella estaba más fogosa que nunca, sonriente, parecía realmente feliz, nada que ver con la última vez que la vi. Ni lo mencionábamos. La he vuelto a ver unas veces más y cuando la huida de mi mujer fue conocida por todos, me preguntó si ahora que volvía a estar “soltero”, dejaría de esconderla. Esto me heló la sangre, no estaba realmente dispuesto a presentarla ante nadie, pero me limité a decirle que ahora, con la investigación en curso, sería mejor no llamar mucha atención de nadie y menos de la policía. Al oír “policía”, ella parecía que se encogió y, ya menos desafiante, me dio la razón. Después de este episodio sí que dejé de verla.
La gente seguía hablando, Valentina desaparecida, mis hijos, mis padres y mis suegros mirándome mal como si supieran algo que nadie más sabía… A mi hermano ni le vi ni hablé con él. Estaba nervioso y preocupado. Quería creer, lo prefería, que Valentina realmente hubiese escapado con otro hombre. Esto me daría la razón de algún modo y me devolvería la calma. Pero sospechas que algo malo, muy malo la había pasado y miedo a esa Luz desconocida que llegué a ver, me tenían paralizado.
Ahora, al aparecer el cuerpo de mi mujer, lo cuento todo porque sospecho que Luz ha tenido algo, o más bien mucho que ver con esto. Lo cuento y asumo toda mi culpa. Nunca tenía que haber empezado esta relación.
VIII
Pedro se sentaba en la sala de interrogatorios. Tenía la boca seca y pedía un vaso de agua. Mientras se lo bebía, el inspector se quedaba de pie mirándolo desde un rincón. Quedaban en silencio un rato que interrumpía el inspector sin abandonar su rincón:
-Pedro, tú sabes que tu coche está siendo analizado por la policía científica. Ya se encontraron restos de sangre en el habitáculo y el grupo sanguíneo coincide con el de tu cuñada fallecida. La comparación de las huellas de los neumáticos encontradas cerca del lugar donde fue enterrado su cuerpo y el dibujo de los de tu Jeep, igual que las pruebas químicas del terreno y de los restos de barro en tu coche, que por mucho que lo laves, siempre queda algo, tardarán un poco más. Cuando lleguen los resultados, ¿crees que van a coincidir?
-Yo no la maté, – decía Pedro tragando saliva.
-Oh, yo no dije tal cosa. Ni te lo he dicho ni te estoy preguntando si la mataste. Te he hecho una pregunta muy concreta: ¿crees que se demostrará que tu coche estuvo en el lugar donde apareció el cadáver de tu cuñada?
-Sí.
-¿Y qué hacía tu coche allí?
-Porque fui allí.
-¿Para qué?
Pedro tragaba de nuevo y respondía en voz baja:
-Para llevar a Valentina.
-¿Y por qué hay su sangre, bastante sangre de hecho, en el habitáculo de tu coche?
-¡Yo no la maté! ¡No fui yo! ¡No maté a esta zorra!
-¿Zorra? ¿Por qué esta falta de respeto a una víctima, Pedro? Ya se sabe que no se fue con ningún amante. No fue infiel a tu hermano, más bien fue al revés, ¿no?
-Porque era una zorra. Si fuera infiel a mi hermano, diría que era una furcia, pero sólo era una zorra. Siempre me miraba por encima del hombro, me trataba como deshecho humano, no quería ni que fuera a su casa. Ante todos tan tranquila, tan justa, y en realidad una engreída, todo a costa de mi hermano, que sin él sería una doña nadie.
-Vaya. Parece que no le tenías mucho aprecio a tu cuñada.
-Pues no, la verdad. No me gustaba, pero no la maté.
-¿Y tienes alguna idea de quién lo hizo, entonces, y qué tiene que ver en todo esto tu coche? Se montó contigo el día de su desaparición, de copiloto, ¿lo recuerdas? Hay su sangre en el habitáculo y tu coche estuvo en el lugar donde fue enterrado el cuerpo. Si tú no la mataste, ¿quién lo hizo?
-Luz. Fue Luz, la maestra esa joven con la que se lió mi hermano hace menos de un año.
-Por favor, cuéntamelo todo bien, Pedro, sin omitir ningún detalle. Lo quiero saber todo.
IX
-Una mañana me llamó y me dijo que quería verme con urgencia. Tenía mi número porque he hecho muchas veces de intermediario entre ella y mi hermano. Pensé que como siempre tendría que recogerla y llevar con Miguel a algún sitio. Pero no fue así. Quedamos en un parque. Nos sentamos en un banco y me contó que la noche anterior discutió con Miguel y me preguntó cuál era mi relación con su mujer, qué sabía de ella. Le dije que era un zorra y no la soportaba, con lo cual que no contara conmigo para hacer de intermediario con ella también. Pensé que quería que les hiciera coincidir, que la llevara a casa de mi hermano o algo parecido, pero entonces sonrió de oreja a oreja y dijo que era una tremenda suerte que yo detestara a mi cuñada porque ella tenía un plan, que se iba a ocupar de todo ella, de mí sólo necesitaba mi coche y que le hiciera de chófer.
Sacó de su bolso una nota doblada por la mitad dos veces y me la enseñó. Dijo que todo lo que tenía que hacer yo, convencer a mi cuñada montar conmigo en coche, dejar la nota en casa de mi hermano y conducir adónde ella, Luz, me dijera. No me dio ningún detalle más, pero tampoco me importaba. Yo no iba a hacer nada demasiado sucio, lo tenía claro, y además dijo que me iba a pagar por mis servicios porque tenía dinero ahorrado.
Dos días más tarde la recogía como habíamos acordado y me dirigía a la farmacia hacia las cuatro de la tarde. Luz se tumbó en al asiento de atrás para no ser vista. Cuando mi cuñada salió de la farmacia, la seguí a poca velocidad, bajé la ventanilla y le dije que Miguel me había pedido llevarla a casa por no sé qué urgencia. De normal no habría montado conmigo, pero mencionar una urgencia no se lo hizo pensar dos veces y se sentó en el coche.
En cuanto cerró la puerta y antes de que se pusiera el cinturón, Luz se elevaba rápidamente del asiento de atrás y golpeaba con algo la sien de mi cuñada con tanta fuerza, que la sangre salpicaba mi cara, el parabrisas, las ventanillas, todo alrededor. Mi cuñada caía como un saco hacia delante, parando con la cabeza de la que chorreaba la sangre en el salpicadero. Luz echaba el asiento de copiloto hacia atrás y tiraba de Valentina para que se cayera sobre asiento, quedando invisible desde fuera. No me esperaba para nada algo así, tanta sangre me asustaba y pisaba el gas a fondo. “No corras o nos para la policía”, – me decía Luz con toda la calma. – “Ve a casa de tu hermano”. Bajaba la velocidad y obedecía, conduciendo a casa de Miguel.
Durante el camino a casa de mi hermano, que no es muy largo, Luz rebuscó en el bolso de mi cuñada y sacó la llave de casa. Cuando habíamos llegado, me dijo que entrara a casa, dejara la nota en un lugar bien visible y regresara cuanto antes, que había que salir de la ciudad. Una vez más, obedecí.
Cuando estábamos cruzando el puente para salir de la ciudad, Valentina emitía un gemido y Luz volvía a golpearla en la cabeza. Esta vez pude ver que la golpeaba con un martillo.
Me estaba indicando todo el tiempo adónde dirigirme. Dos veces más, Valentina hizo algún movimiento o emitió algún sonido y las dos veces volvía a ser golpeada con el martillo en la cabeza.
Cuando llegábamos al bosque, nos quedábamos un rato observando si había senderistas o alguien en la zona. No veíamos a nadie. Entonces, me dijo que bajara del coche y buscara un terreno más abierto y blando. Daba con un claro y volvía al coche para decírselo a Luz. Me mandaba a cavar una tumba.
Todo el rato obedecía como un idiota y era consiente de ello, pero ya no había marcha atrás. Me calmaba con la idea de que yo no había tocado a mi cuñada ni con un dedo. Sí, sospechaba que el plan de Luz era matarla, por la nota, por las palas que me pidió llevar en el coche… Pero no podía ni imaginar la crueldad que había en esta chica tan menuda.
Cuando me pareció que la tumba quedaba lo suficientemente profunda, volvía al coche y entre dos levantábamos el cuerpo inerte de mi cuñada para tirarlo al agujero. En cuanto golpeaba contra tierra, vimos que movía una pierna. De nuevo, Luz me ordenaba traer el bidón de gasolina que había en el coche y las cerillas. Se los traía y observaba cómo rociaba el cuerpo del fondo de agujero desde arriba y le tiraba las cerillas encendidas. Al prenderse el fuego, empezaba a oler a quemado muy pronto, además de levantarse humo negro. Con el pánico de llamar atención desde lejos, empezamos a echarle tierra enseguida hasta que el fuego se apagó y el cuerpo quedó oculto totalmente.
X
El inspector que todo este tiempo había permanecido de pie, se sentaba enfrente de Pedro y le decía:
-Dices que no la has matado, Pedro. Permíteme que te lea un pequeño extracto del informe forense que nos llegó esta mañana. “Múltiples fracturas craneales causadas por un objeto contundente, obtuso, metálico, de forma redondeada. Quemaduras de tercer grado en 29% de cuerpo. Causa de la muerte: asfixia por enterramiento”. ¿Sabes que significa esto, Pedro? Que ayudaste a enterrar viva a una persona. Muy malherida, sí, pero viva.
La detención de Luz se producía en el centro educativo donde estaba trabajando. De la secretaría del mismo se confiscaba una máquina de escribir.
El juicio, muy mediático, se celebraba tres meses después de su detención. Luz fue acusada de asesinato con alevosía y ensañamiento y de la conspiración y la proposición de cometer delito; la fiscalía pedía quince años de prisión. Pedro fue acusado de asesinato por promesa y se pedían para él diez años de prisión.
Durante el juicio Luz alegó que actuaba movida por la pasión, no sabía muy bien qué hacía, pero ahora estaba consciente de sus actos y se arrepentía.
Tras una semana de deliberaciones, se han dado a conocer los veredictos.
Luz: culpable de ambos cargos. Se han tomado en cuenta los atenuantes como confesión de los hechos y trastorno mental transitorio. Fue condenada a cinco años de prisión. Debido a su avanzado estado de gravidez (cinco meses), se le concedió el tercer grado hasta salir de cuentas. Después de dar a luz ingresaría, con el bebé, a Unidad de Madres.
Pedro también fue hallado culpable, se tomó en cuenta el atenuante de confesión de los hechos y se le condenó a siete años de prisión.
EPÍLOGO
Al entierro de Valentina acudía casi toda la ciudad. Se formaban larguísimas colas para darle su último “adiós” en un intento de disculparse por aquellos pensamientos injustos y morbosos que pasaban por sus mentes cuando ella yacía muerta en medio del bosque.
Ya descansa Valentina en el más allá y su cuerpo en el cementerio local, en una sencilla tumba cuyo epitafio reza “Amada madre, hija, hermana”.
4 respuestas a “No más mentiras”
Jo-der. Lo veía mientras lo leía. Vi la sangre en el salpicadero, la cara despiadada de la asesina. Muy bien contado. Creo recordar que es basado en hechos reales, o no? Porque esperaba algún giro de esos que les das a tus relatos y me toman por sorpresa. Igual me enganchó. Gracias.
Sí que está basado en una historia real.
Y gracias, me alegro que te haya gustado.
Fascinado como todo lo que escribes.
Gracias, por leerme y por comentar 🙂