
La casa
En las profundidades de un bosque, adonde casi no llegan los rayos del sol y donde los árboles inquietan con su sombría presencia, se oculta una destartalada casa de madera. Hace muchos años sus ventanas perdieron los cristales, se descolgaron sus puertas, el musgo, la hiedra y distintas plantas silvestres se adueñaron de sus paredes, convirtiéndola en un extraño y silencioso habitante más de estas oscuras tierras.
La casa podría servir de lugar de exploración para místicos cazadores de fantasmas o simples curiosos, para retos de intrépidos adolescentes o como escenario de una película. Sin embargo, nada de esto es posible ya que la casa tiene dueña.
Su dueña es una mujer tan vieja, que ya nadie, ni ella misma, recuerda su edad. La piel que cubre sus huesos parece pergamino arrugado, sus ojos están blanquecidos por las cataratas, se mueve con dificultad apoyada en improvisado bastón de la rama de un árbol, su espalda está curvada y baja por ella pelo canoso, largo y poco poblado.
La vieja ermitaña no habla con nadie. Pocos senderistas que alguna vez se desviaron del camino la han visto dar vueltas alrededor de la casa y balbucear algo o sentarse en la puerta de la entrada con la cabeza levantada al cielo como si pudiera ver su color.
Los habitantes de los pueblos cercanos dicen que se alimenta de frutos del bosque y toma agua de pequeño riachuelo que corre serpenteando entre los árboles. Almacena provisiones para invierno y cuando el riachuelo se congela, se lleva a su desvencijada casa hielo y nieve que le proporcionan hidratación necesaria.
La vieja por su aspecto de bruja está en boca de todos que conocen su existencia o han oído hablar de ella. Los padres asustan a sus hijos con historias que se come a chiquillos desobedientes; los jóvenes dicen que hace ritos vudú para mantenerse con vida; algunos adultos sostienen que habría que llevarla por la fuerza a algún asilo a cambio de este terreno, que proporcionaría ingresos extra a la comunidad por su aspecto tétrico.
La vieja ignora por completo estas historias de la gente, está muy cansada y solo desea que le llegue su hora de abandonar por fin este mundo.
Bajo la vid silvestre
Tendidos bajo la vid silvestre, un joven de buen aspecto y una muchacha de ojos de color miel, elevaban sus manos cruzadas hacia soleado cielo.
– Voy a pedir a tu Rey que permita casarme contigo, – le decía el joven.
– ¡No! Jamás permitirá que una de sus siervas se case con un rebelde y te matará, – le replicaba ella.
– Casémonos sin su permiso. Nuestro sacerdote es buen hombre, no necesita permiso de un Rey malvado si Dios está de nuestra parte.
– Te daré tres hijos varones para ayudar en el campo y proteger la casa, – sonreía ella.
– Y una hija para que te ayude a ti en las tareas del hogar, – decía él.
Ambos giraban sus cabezas para mirarse las caras y la luz de sus ojos prometía felicidad y amor eterno.
En el castillo
De vuelta al castillo, la joven vio a todo el mundo alterado. Los niños entraban a los establos para dar de comer y beber a los caballos, algunas mujeres estaban entretenidas entre fogones para adelantar la cena, otras estaban reparando ropas de los hombres y éstos afilaban sus espadas.
– ¿Qué está pasando, padre? – gritó la muchacha, corriendo hacia un hombre sentado al lado del pozo con la espalda apoyada en él.
– Tu madre necesita ayuda, ve con ella. El Rey ha ordenado atacar a los rebeldes de madrugada, – contestó el hombre.
“No son rebeldes, no son rebeldes. Él los desterró por caerle en desgracia. Están viviendo tranquilamente en las tierras cercanas al castillo y nunca le piden nada. Y ahora no le parece suficiente, ahora los quiere matar. Es un hijo de Satán, ojalá la muerte se lo lleve antes. Si muere esta noche, no habrá batalla. El heredero no busca esta guerra. Ahora irá obedeciendo a su padre, pero si llega al trono, sé que perdonará a todos, lo sé. Sé que podrán volver al castillo y tendré a mi amado al lado.”
Estos pensamientos rondaban la cabeza de la muchacha mientras ayudaba a las mujeres servir la cena. Se notaba pesadumbre en el ambiente. Algunos habitantes del castillo tenían familiares entre rebeldes y ahora el Rey pretendía que se mataran entre ellos.
La muerte del Rey
Llegada la noche, solo arqueros quedaban en las murallas para vigilancia, mientras todos los demás se disponían a dormir antes de la batalla, pero la joven estaba tan alterada, que no podía. Finalmente, se quedó en un estado de sopor cercano a delirio, como si alguna fuerza sobrenatural se hubiera apoderado de ella.
Le apareció entonces un hombre mayor, alto y corpulento, sus ojos eran de color amarillo fuego y su torso desnudo de piel cadavérica estaba rodeado de moscas. Mientras la observaba, ella se dio cuenta de quién era y por qué había venido.
– Así que quieres que el Rey muera, – dijo Diablo en voz alta que sonó como si viniera de las profundidades del mismo infierno.
– Sí, – contestó ella. Su corazón latía a mucha velocidad, estaba agitada, pero no asustada.
– Puedo concederte tu deseo por un pequeño precio: tu alma.
– Mi alma es mucho precio por alguien tan vil como nuestro Rey. Tú ya lo tienes a él, sólo es cuestión de tiempo que te lo lleves. Te puedo pagar su muerte ahora con mi tiempo aquí, en Tierra del Señor.
– ¿Toda tu vida terrenal por su muerte inmediata? Será un infierno en vida.
– Es el precio que me parece justo, – confirmó ella sin dudar ni un momento.
– ¡Trato hecho! – gritó Satanás aumentando de tamaño y elevándose sobre ella. Como una nube negra, las moscas rodearon al Diablo completamente, haciéndole desaparecer entre los zumbidos.

Despertaba a la muchacha el sonido de la campana. Reunidos todos en la plaza, se les anunciaba que el Rey había muerto durante la cena atragantado con un trozo de carne. Con lo goloso que era, resultaba bastante irónico. Los habitantes del castillo rezaban por su alma y, lejos de estar tristes, sentían gran alivio en su interior.
La vida después
Pasaban años. La joven se casó con su amado, le dio cuatro hijos, tres de ellos varones. Llegados los nietos, enterró a su esposo. Llegados bisnietos, cayó el castillo. La vida iba pasando y todo lo que la rodeaba, todo lo que amaba, lo que le importaba, iba cambiando o desapareciendo. Sobrevivió a sus descendientes que conoció y perdió pista de los demás; ha visto infinitas guerras y enfermedades; ha pasado miseria y hambre. Más de una vez la voz de su interior la tentaba a acabar con su vida, con este sufrimiento. Entonces, pensaba en su pacto, que el maligno esperaba que cometiese pecado del suicidio para quedarse con su alma, que al fin y al cabo, Él siempre reclama lo suyo. Pero no sería con ella. Aún tenía fuerza para resistir este infierno en vida, infinito infierno de una vida eterna.