El faro

Solitario y orgulloso de sí mismo, se eleva sobre una roca roída por las olas del mar un faro. No es el más alto de todos, pero sí robusto y resistente. Hasta la roca sobre la que asienta se va desgastando poquito a poco, pero el faro no teme las inclemencias del tiempo, aguantando la furia de las olas y los vientos y rasgando con su luz la oscuridad.


Aquella noche de invierno, con las estrellas y la luna escondidas detrás de espesas nubes, llegaban a la costa fuertes ráfagas de viento, azotando el faro a su paso; el mar rugía amenazando con su creciente fuerza y las olas empezaban a elevarse sobre la roca, rebelándose contra su mera presencia.

El viejo farero, vigilante de que la luz de su faro no dejara de brillar, observaba a través de gruesos cristales la endiablada tempestad. En medio de todo aquel caos, le parecía advertir presencia de una pequeña lancha. Las olas la lanzaban hacia delante y enseguida la arrastraban hacia atrás, como si fuesen miles de demonios danzando con el pobre pecador postrado sobre sus hombros. En un apogeo final de esta danza, y para la sorpresa del farero, las olas elevaban y depositaban cuidadosamente la lancha en la orilla, retirándose, sumisas, para volver enseguida a su baile infernal.

El farero se ponía rápidamente su abrigo y bajaba para ver la lancha.

Veía que se trataba de un bote salvavidas, embarcación a remo de sólida madera, de quilla plana y forma alunada, con embones de corcho en su parte inferior. Sin saber cómo, entre salvajes bramidos del viento y el mar, oía un leve quejido que venía del interior del bote. Divisaba, entonces, un montón de trapos en el fondo y entre ellos, a una criatura demasiado débil para llorar a pleno pulmón, pero lo suficientemente fuerte como para haberse sobrepuesto al mar enfurecido. Con mucho cuidado, el farero levantaba a la criatura con todos sus trapos, la arrumaba a su pecho y, protegiéndola con sus brazos, volvía al faro.

– Oh, ¡si eres una niña! – exclamaba, una vez dentro. – Te llamaré Mirari. Significa “milagro” en euskera y desde luego eres un milagro de Dios. ¿Puede haber algo más milagroso que una pequeña que ha sobrevivido la crueldad del mar salvaje? ¿Qué ha llegado justo la noche de Navidad?… ¿Y qué comen las niñas tan pequeñas como tú? – continuaba, preocupado, viendo como la niña cerraba sus ojitos hasta ahora fijados en él. – Espera.

Con la niña en brazos, se ponía a revisar sus provisiones. La pequeña dejaba su cabeza reposando en el hombro del farero. No parecía tener más de un añito, se veía tan cansada… El pobre farero no tenía ni idea qué ofrecerle, cuando daba con la solución más sencilla: un poco de pan mojado en leche. Cuando le acercaba el trozo de pan a aquel pequeño milagro, no veía ninguna reacción en un principio, pero la que fuera recién nombrada Mirari, tras haber notado un poco de comida en sus labios, se espabilaba, agarraba el trozo de pan con sus manitas dispuesta a comerlo, abría los ojos otra vez y hasta esbozaba una sonrisa en agradecimiento a aquel hombre de buen corazón que la acababa de salvar.


Así, Mirari se quedaba con el farero como hija adoptiva. Pasaban años, Mirari crecía, el farero se hacía más mayor y el faro permanecía inalterado. Muchas veces las olas bañaban su roca con suavidad y cariño, como mece una madre a su bebé. Otras, la azotaban con la ira de un demonio. Y cuanta más impetuosidad mostraba el mar, más a gusto se sentía Mirari dentro del faro, su hogar.

Iba a la escuela en un pueblo cercano. Primero, caminaba con sus pequeños pies por la orilla durante una media hora hasta llegar al puerto pesquero. Luego, subía las serpenteantes calles de piedra a través de todo el pueblo durante otra media hora. Llegaba a la escuela y se adentraba a otro mundo mágico, de aprendizaje y de imaginación que le ofrecían los libros.

– Mirari, deberías saber que yo no siempre fui tan solitario, – le contaba su padre adoptivo. – He estado casado, pero mi mujer murió durante el parto y nuestro hijo junto a ella. No he vuelto a casarme, solo me he dedicado a guiar a aquellos que están en el mar. Creía que me iba a morir solo y que el faro se iba a quedar sin luz, pero llegaste tú y ahora sé que nadie se perderá en la oscuridad.


A Mirari le encantaba vivir en un faro, en su opinión, era lo más maravilloso que le podía pasar a una niña.

En la base del faro, tenían su planta con todo lo necesario para una vida sencilla, pero cómoda: una pequeña cocina con despensa y gran tonel para almacenar agua dulce, mesa del comedor en el centro de la torre, dos camas y un baño separado del resto de la caseta. Subiendo las escaleras de caracol y atravesando todo el fuste, se llegaba al torreón donde tanto tiempo le gustaba pasar mirando el infinito mar y como éste se une con el cielo por la fina línea del horizonte.

El farero le enseñaba a Mirari todo sobre su oficio: las señales ópticas; mantenimiento de la cámara de iluminación y de la cámara de servicio; pulir las lentes y los espejos de la linterna; engrasar los mecanismos de relojería.

– Nada puede fallar en un faro, es una tarea dura, pero necesaria y gratificante, – le decía.


Así, transcurrían 25 años desde que pequeño milagro iluminaba con la luz propia la vida del farero. Él moría algunos años atrás dejando a Mirari al cargo de faro y ella llevaba su oficio con orgullo y regocijo. Cierto que no era labor propia de una mujer joven, por lo que tenía fama entre la gente del pueblo como una ermitaña ligeramente rara, pero no le importaba mucho. Algunos días extrañaba al viejo farero, otros, soñaba con compañía de algún héroe de los libros que leía.

Llegaba la Nochebuena y traía consigo otra tormenta en el mar. Mirari, como siempre, se sentía especialmente a gusto en su refugio mientras la naturaleza mostraba su cara indómita ahí fuera. De repente, algo llamaba atención de Mirari… ¿Podría ser? Una persona luchando contra las olas… ¿O eran imaginaciones suyas?

Sin preguntárselo más, Mirari bajaba apresurada las escaleras de caracol, salía del faro y corría hacia el mar. Las olas arrojaban ante ella a esta persona que pudo ver desde lo alto del torreón, y cuando el mar se la iba a reclamar, arrastrándola de vuelta ya que no luchaba más, Mirari la agarraba de las manos y terminaba por sacarla a la seguridad de tierra firme.

Ahí se daba cuenta que la persona, ya muerta o inconsciente, era un hombre joven.  Acercaba oído a su pecho, pero el ruido del mar la impedía distinguir sus latidos si los hubiera. Ponía entonces sus labios sobre la boca del joven para darle un poco de su aliento… El joven empezaba a toser y, tras unos segundos, se fijaba en Mirari para decirle, exhausto:

– Gracias… gracias…


Solitario y orgulloso de sí mismo, se eleva sobre una roca roída por las olas del mar un faro. En su torreón se puede ver con frecuencia a una mujer y un hombre abrazados por la cintura mirando hacia el horizonte. No dejarán que nadie se sienta perdido mientras iluminan con su luz la oscuridad.


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