Una pesadilla
Estaba en un lugar gris, espeso como gelatina y sordomudo como abismo. Se sentía perdida, tremendamente sola y desesperación ya se había apoderado de ella cuando del fondo más oscuro empezó a dibujarse una figura…Mientras se acercaba a ella, se dio cuenta que era Safón, buen amigo suyo al qué hace meses que no veía. Se alegró al tenerle en este lugar desolado, fue en su busca y vio que él también estaba gris, triste, apagado, cabizbajo…Se sentaron en algún sitio. Él como de costumbre, con los codos apoyados en las rodillas, dejando caer las manos y mirada clavada en el suelo. Y en este extraño lugar monocromático lo más raro era ver a su amigo, normalmente tan locuaz, sin decir ni una palabra. Callado. Solo suspiraba de vez en cuando como si llevara un gran peso encima.
Se despertó con gotas de sudor frió en la espalda. No era la típica pesadilla de imágenes grotescas y acción agotadora, de estas que la asaltaban de vez en cuando y desparecían en cuanto se despertaba. Este sueño le ha dado terror al despertar como si en lugar de haber estado durmiendo, había visitado una realidad paralela. Presentimiento de algo horrible encogió su corazón e invadió su mente.
«Anda, qué chorradas», – se dijo a sí misma, sacudiendo la cabeza y restos del sueño. Había que empezar el día para disfrutar con la familia. No pasaba mucho tiempo con ellos y quedaba solo un par de semanas antes de volver a las clases a cientos de kilómetros de su pueblo natal.
Días después estaba llamando a casa de Safón, necesitaba que le ayudara a buscar una habitación en alquiler cerca de la Universidad. «Ahora contesta su madre y me dice que ha muerto», – cruzó un fugaz pensamiento por su mente, que enseguida desechó, claro.
Después de varios ring-ring, sonó la cansada voz de la madre de su amigo.
– Diga.
– ¡Hey! ¿Está mi periodista favorito en casa o de fiesta como siempre?
Corta pausa…y pregunta:
– ¿Quién llama?
Ella empezó a sentirse incómoda, pero se identificó.
Se hizo un profundo silencio y es cuando se sintió asustada de verdad. El típico nudo en el estómago, la boca repentinamente seca, tensión en la nuca y la piel de gallina…
– ¿Es que no sabes nada, niña? – ha roto, finalmente, el silencio la madre de su amigo.
«No», pensó ella, negando con la cabeza.
– No, – terminó pronunciándolo.
– Ha muerto.
El encuentro
Estaba a punto de ver a su ex. Odiaba haber tenido que llamarle y quedar para ir al cementerio, pero era lo más lógico. No quería irrumpir en el luto de una familia y necesitaba visitar el último refugio terrenal de su amigo, así que solo se le ocurrió su ex, quién sino. Safón era mejor amigo de ambos, de hecho, fue él quien los había presentado hace años.
El ex vino con la novia. «No le deja salir solo», – pensó, soltando una carcajada por dentro. «Y no tiene nada que ver con nosotros. A penas le conocía, a qué viene, joe…»
De todas formas, no era el momento ni el lugar de molestarse. Después de dejar flores en la tumba, hablaron un rato recordándole a Safón en la vida: como era, las anécdotas, los tiempos felices cuando él aún no había sido destrozado por el amor de su vida. Ella lloró, pero no pudo ni dejarse abrazar por el ex, estaba la novia muy vigilante.
Volvía a casa sola y triste.
Su actual casa consistía en una austera habitación que compartía con una compañera. La cocina y el baño estaban en el pasillo y eran compartidos con otros inquilinos. Al entrar por la puerta de la habitación, justo en frente había un enorme ventanal. A la izquierda de la entrada, una mesa de trabajo, siguiendo la pared, la cama de su compañera y el armario. Del lado derecho se encontraba mesa del comedor, una alacena de pared con vajilla y utensilios de cocina, su cama y al fondo un pequeño mueble con la tele más antigua que se podía imaginar. Su abuela tenía que tener una así cuando se casó: en blanco y negro, de éstas de tubo que tardaban varios minutos en mostrar algo en pantalla.
La compañera se había ido varios días. «Todo ésto para mí solita», – pensó irónica entrando por la puerta y dándole al único interruptor de luz que se encontraba al lado de mesa del comedor.
No tardó en acostarse, necesitaba descansar, pero una vez en la cama, no paraba de darse vueltas y el sueño no venía. De repente, oyó un suspiro. No le hizo mucho caso. El suspiro se repitió, ella se puso algo tensa, pero enseguida pensó que eran imaginaciones suyas. Tercer suspiro, más fuerte que los anteriores. «No puede ser». Entonces, empezó a crujir la cama de su compañera de habitación, como si alguien estuviera moviéndose sobre ella o dando pequeños brincos.
Estaba asustada, pero no quería caer en supersticiones o creencias «raras». «Esta hija de puta no se ha ido a ningún sitio, estaba escondida debajo de la cama y ahora me quiere gastar una broma de mal gusto, sabiendo que fui al cementerio», – pensó, tratando de encajar en la lógica lo que estaba oyendo.
Giró rápidamente la cabeza hacia la cama de su compañera…y sintió como un frío gélido le empezaba a subir desde la punta de los dedos de los pies a la cabeza. La luz de la luna que se filtraba por la ventana le mostraba la cama perfectamente hecha, lisa como un tablón de madera sin nadie tumbado, sentado o, mucho menos, dando saltos sobre ella.
En este instante, mientras miraba paralizada de miedo la cama vacía, empezaron a tintinear los vasos, entrechocar los platos y resonar toda la vajilla. Necesitaba encender la luz, pero se veía incapaz de poner los pies en el suelo. Sentía que si lo hacía, alguien la agarraría por los tobillos y se moriría de miedo en este instante. Se obligó a gatear por la cama hacía la tele, se estiró para encenderla y se quedó sentada, mirando fijamente la pantalla y esperando cuando el maldito cacharro se calentara lo suficiente como para arrojar algo de luz artificial.
Cuando la tele por fin se encendió, mostrando pantalla «nevada» de no tener ningún canal sintonizado, la alegró hasta ese «grchsssshss», por muy elevado que resultara su ruido, ya que todo lo demás en la habitación se quedó en silencio.
Corrió hacia el interruptor, la luz eléctrica le parecía una salvación en estos momentos. Con la luz encendida, miró primero la mesa del comedor. Estaba recogida, ni una tasa encima. Dio la vuelta por toda la habitación, mirando debajo de las camas, en el armario y detrás de éste, en el minúsculo mueble de la tele y hasta en esta alacena colgada sobre la mesa del comedor, como si algún bromista pudiera esconderse allí. Todo estaba recogido, ordenado y ella completamente sola.
Se durmió de madrugada, superada por el cansancio físico y mental, con la luz apagada y la tele encendida con volumen muy bajito. No quería oír nada más que este ruido blanco.

El adiós
Se encontraba en la parada del autobus. Hacía día maravilloso, soleado, con pocas nubes y el cielo azul como nunca. Cuando el bus llegó y paró, quiso subir, pero no le dejaron. Estaba lleno de hombres y mujeres, todos parecian contentos y charlaban animadamente. Entre ellos, vio a Safón, sonriente. La miraba por la ventana y se despedía con la mano. Ella también se despidió, lanzando varios besos al aire. El bus se puso en marcha, subiendo al cielo y desapareciendo entre las nubes.