
ANDREA
Andrea se sentía mal, estaba nerviosa y con un mal presentimiento. Hace unas tres semanas empezó a notar a Juan raro y aunque no sabía decir en qué exactamente consistía esta rareza, estaba segura que algo andaba mal.
Su primer amor, buscándose camino a la vida más fácil, la engañó con la hija del jefe. Match point. Su segunda relación seria y antes de conocer a Juan, resultó ser muy tóxica: demasiado control, celos irracionales, miedo…Había pasado meses sintiéndose prisionera de quien decía amarla. Lógico que después de dos intentos fallidos de encontrar al hombre de su vida, había decidido tener más cuidado y apartarse, por si acaso, de relaciones duraderas. Nada formal.
Hasta que conoció a Juan. Era tan atento, dulce, paciente… Le mostraba interés sin presionarla. Salían de paseos en bici, paraban en la orilla del río para descansar, tomar algo y tirar piedras al agua. Él sabía hacer que las piedras saltasen al menos 3-5 veces antes de hundirse y ella nunca lo conseguía. Aquellas veces que intentaba aprender, se quedaban riéndose de su torpeza y había tanta complicidad entre ambos, que parecía nunca se iba acabar.
Un día, estaban cenando en casa de él cuando empezó una fuerte tormenta. Los relámpagos desgarraban el cielo nocturno, iluminándolo como si miles de millones de luciérnagas estallasen repentinamente en un acto suicida; el trueno empezaba sonar a lo lejos con amenazante bramido para terminar explotando cada vez más cerca; las nubes, negras como desconsoladas viudas, lloraban sobre la tierra su pena. Andrea y Juan habían descubierto entonces que ambos amaban la tempestad, salieron juntos a la pequeña terraza para disfrutar del poderoso espectáculo…y fue entonces cuando se dieron su primer beso, tierno pero pasional. Le siguieron a aquel beso once meses de ensueño…
Pero hace tres semanas algo había cambiado de una forma casi imperceptible. Justo antes él estaba insinuando ir a vivir juntos. Aunque ella ya pasaba mucho tiempo en su casa, no tenía más que un cepillo de dientes allí y él dijo que le gustaría ver más cosas suyas ocupando parte de su espacio. Ella se ilusionó, pero el tema no ha vuelto a surgir. De hecho, él ya ni le llamaba ni mandaba mensajes. Si ella le decía algo, contestaba, claro, pero ya no salía de él buscarla. En principio, Andrea no le dio mucha importancia. “Seguramente está nervioso, le voy a dar su tiempo”. Pero su actitud no mejoraba, al contrario, se volvía cada vez más seca y distante.
Y Andrea ya no podía seguir así. La incertidumbre le dolía, la duda la quemaba por dentro como si un clavo ardiendo le atravesara corazón y las palabras sin decir daban vueltas en su cabeza tomando fuerza destructiva de un tornado. Le mandó un WhatsApp:
- Hola, cariño
- Hey, holaaa!! Todo bien? – llegó la respuesta unos 10 minutos después.
- Eso te iba a preguntar. Llevamos dos días sin vernos y no sé nada de ti. Solo hemos hablado de las tonterías qué hacía cada uno en este momento.
- Es que estaba con dolor de garganta y un poco desganado de todo.
- Vaya…estás mejor? ?
- Sí sí, ya mejor hoy ?
- Puedo ir a verte? – empezaba a sentirse un poco culpable por su desconfianza. A lo mejor, él necesitaba que lo cuidara, pero no dijo nada porque no quería molestarla estando malo.
- Claro, – respondió él tras una breve pausa.
Cuando él le abrió la puerta, ella se lanzó a abrazarle y darle un beso:
– Te echaba de menos…
– ¿Quieres tomar algo? – preguntó él.
– Una cerveza. ¿Y tú?
– Me tomaré otra contigo.
Se sentaron en el sofá, él tenía puesto un canal de deportes, algún programa sobre Formula 1. Ella no sabía nada de Formula 1 y ni le interesaba, la verdad. Todo su conocimiento relacionado se resumía en saber quién es Fernando Alonso y Michael Schumacher padre, el que sufrió accidente de esquí. Y así siguieron, en silencio, él absorto en el programa y ella, mirando su móvil y poniéndose más nerviosa con cada minuto que pasaba.
– ¿No hablamos? – dijo ella finalmente.
– Perdona, yo aquí metido en Formula 1, sé que no te gusta. ¿Pongo otra cosa?
– No, Juan, yo no quiero ver otra cosa en la tele. Yo quiero hablar contigo.
– ¿De qué quieres hablar exactamente? – preguntó él, apagando la tele y volviéndose hacia ella.
Ella se cortó por un momento, pensando cómo formularlo.
– Pues no sé…de nosotros… ¿Qué te pasa?
– ¿A mí? Nada. ¿Por qué?
– Te noto raro. Llevas tiempo raro. Desde aquel día que me dijiste que trajera más cosas mías a tu casa. ¿Te has arrepentido de haberlo dicho? Pues no tienes que sufrir demasiado, como ves, sigo sin traer mis cosas.
– Entonces, todo sigue igual, ¿no?
– Pues no. Te noto diferente. Más distante. Educado, pero nada más. Como si fuera vecina tuya o compañera de trabajo.
– Pero somos amigos, ¿no?
– ¿Amigos? ¿Solo amigos?
– Bueno, amigos con derecho a roce, jajaja.
– Joder, sí, con derecho, – ella empezaba a irritarse. – ¡Pero estás RARO! No hablamos como antes, no hay comunicación. Te pregunto y me contestas, pero no existe conversación fluida. Pareces más un eco… bueno, eco raro porque respondes con tus propias palabras, no repites las mías, pero eso…que no hay comunicación normal. Es como si fuera un estorbo para ti y tú por educación o lo que sea, no me lo quieres decir.
– No veo nada raro. Estoy saturado en el trabajo y cuando llego a casa, solo quiero desconectar.
– ¿Y te impido desconectar?
Él se levantó del sofá, recogiendo las botellas vacías de cerveza.
– ¿Quieres otra? – preguntó, dirigiéndose a la cocina.
– ¡No me has contestado! ¡¿Te estorbo?!
– Andrea… – dijo él de cara a la cocina y espalda a ella. – No me presiones, por favor.
– No, no, jaja – se rió ella con amargura e ironía, – si no te presiono. De hecho, ¡me voy saliendo por esta puerta para no volver a presionarte nunca más!
– No seas dramática… ¡Andrea! – gritó Juan su nombre, viendo cómo cogía su bolso y se dirigía a la puerta.
Sin remediar más palabra, ella salió de prisa, cerrando la puerta de un golpe. Bajó las escaleras del segundo piso, secando las lágrimas que corrían por sus mejillas con la palma de la mano; una vez en la calle, fue casi corriendo a su coche, sentada dentro, hizo tres profundos y muy seguidos respiros, golpeó el volante dos veces y arrancó.
JUAN
Juan, de estatura media y complexión delgada, pelo castaño y ojos marrones, no llamaba especialmente atención por su físico. Miope desde adolescencia, lo ha pasado mal cuando le han recetado las gafas. Y no era por los compañeros, a nadie le importaba, la verdad, tampoco era por motivo estético. Era por su percepción interna: lo veía como una debilidad que no debería tener.
Como tenía que llevar las gafas sí o sí, ha decidido que serían su seña de identidad. No iba a ser uno más, sino único. Volvió locos a sus padres y al oculista, pero consiguió dar con las gafas que quería. Cuando se presentó en el instituto con aquellos cristales más bien anchos, casi cuadrados, enmarcados en una montura negra, se llevó atención de todas las chicas. De repente parecía chico nuevo y misterioso. Y así ha decidido continuar por la vida, nada de debilidades, solo pequeños inconvenientes que se puede convertir en ventajas.
Debido a su disciplina y paciencia, ha terminado carrera de arquitectura con matrícula de honor. Trabajó dos años en un despacho de arquitectura y mientras tanto, se sacaba máster. Con máster en la mano, se independizó y consiguió su primer proyecto importante. La vida le sonreía.
En la vida sentimental tampoco le iba mal. Llevaba cuatro años con una chica que le parecía ideal. Inteligente, divertida, sexy y que le quería con locura. Pero un día todo cambió. Ella quería avanzar en su relación, hacia el altar concretamente y él no estaba seguro. Ella le daba todo de sí y él, aunque la adoraba, no era capaz de mostrarle sus sentimientos. Ella pedía detalles románticos y a él le parecían innecesarios. Si hay amor de verdad… ¿para qué todas estas tonterías inventadas por poetas y promocionadas por Hollywood? Así, finalmente, ella se cansó y se fue. Y él se quedó roto.
Un año después, aún se acordaba de ella, pero ya estaba preparado para convertir este inconveniente en una ventaja.
Sabía como conquistar a una mujer. Su tipo eran chicas normales, no especialmente llamativas por su físico, pero sí por su inteligencia. Y de preferencia tenían que tener alguna dolorosa experiencia sentimental, así entrarían en nueva relación más desconfiadas… o ni querrían nueva relación, simplemente se podría pasar tiempo juntos.
Y por un tiempo, esta filosofía, si se puede llamarlo así, le ha funcionado muy bien. Hasta que conoció a Andrea. A pesar de sus anteriores historias, ella quería amar y ser amada. Aunque no lo reconocería, ella buscaba el sentimiento profundo y verdadero, quería dedicarse por completo a alguien… En principio, todo iba bien entre ellos, a él incluso no le importaba que entrase a su casa, no para vivir juntos, sino para pasar algunos días seguidos y luego volver cada uno a su espacio, hasta la próxima. Pero ella se lo tomó demasiado en serio. Fue entonces cuando Juan se dio cuenta que ella estaba dispuesta a entregarle su vida en bandeja. Y él no quería esta intensidad. Decidió que se tomaría su tiempo para pensar cómo resolverlo…hasta que lo resolvió la misma Andrea de una manera inesperada.
Cuando salió por la puerta, dolida y furiosa, volvió con la Formula 1… y pensó en Chloé. Decidió mandarle un mensaje.
Acabarían juntos esta misma noche… y la siguiente…
Dos días después, estaba solo en su casa. Ya había cenado y se disponía a ver una película, cuando sonó la notificación de mensaje recibido. Miró la pantalla de su móvil. WhatsApp de Andrea: “Te echo de menos”. Apartó el móvil sin abrir el mensaje y puso la película.
Cuando ésta ha acabado, recibió una llamada. Andrea. No contestó.
Yendo a la cama, recibió otra, de su hermano.
– ¿Qué haces llamando a estas horas? – preguntó.
– Tío, ¿por qué no contestas?
– ¿Cómo que no contesto? ¿Y qué acabo de hacer?
– No, joder, a mí no. A Andrea. Bueno a ella tampoco, pero que te han llamado de su móvil.
– ¿Quién?
– Andrea ha tenido un accidente de tráfico. Al parecer, iba borracha.
– Andrea no conduce si bebe.
– Pues ya ves que sí… Iba borracha, tuvo un accidente, sus padres desde el hospital te han intentado llamar. No tenían tu número, pero estabas primero en su agenda y de su teléfono te han marcado. Al ver que no respondías, pero te querían avisar, me han llamado a mi que estaba agregado como “Hermano Juan Amor” o algo así. En fin, querían que te lo dijera. Tienes que ir a verla.
– ¿Cómo está?
– Pues fatal, politraumatismo, hemorragia interna, no sé qué mierdas más. Tienes que ir macho.
– Ya, ya iré.
Le colgó a su hermano. “Joder, qué fuerte”, – pensó. Desde luego tenía que ir a verla, mañana. Ahora necesitaba descansar, pero no quería estar solo. Le marcó a Chloé. Chloé llegó y se fueron a la cama.
Soñaba con Andrea… Estaba de espaldas, en las orillas de un río, podía notar su tristeza en los hombros caídos y en la forma de inclinar la cabeza… Se acercó a ella y la abrazó. Ella se volvió hacia él. Su cara de llanto empezó a cambiar. Se borraron sus rasgos dulces, sus ojos se agrandaron, la cara se convirtió en una máscara de terror. Ella abrió la boca y, gritando sin parar “¡Juan! ¡Juan!”, empezó a empujarle, dándole fuertes golpes en los hombros. Con cada golpe suyo, él daba un paso hacia atrás hasta que notó que ya no le quedaba tierra. Miró atrás y vio que estaba al borde de un precipicio. Abajo tenía mar, cuyas olas rompían con violencia contra enormes rocas. Miró otra vez a Andrea. “¡Juaaaaaan!” – gritó ella, abalanzándose sobre él. Empezaron a caer, juntos, ella abrazada a él. Entonces, su cara volvió a ser la de siempre. “Juan, no temas. Vamos juntos. Te da miedo bucear, pero verás que el mar es hermoso. Hay criaturas fantásticas allí, mira, mira, tú sólo aguanta la respiración”. Caían bajo el agua suavemente, como en una nube de plumas, evitando de milagro las rocas. El agua los abrazaba como la seda. No respires… no respires.

Médicos y enfermeras estaban alrededor de una mujer joven, víctima de accidente de tráfico, que estaba sufriendo violentas convulsiones. Tras 20 minutos de intensa actividad intentando hacer algo por ella, solo pudieron certificar su muerte.
Chloé
Chloé era una mujer segura de sí misma. No muy guapa y consciente de ello, tampoco lo necesitaba. Era profesora de psicología en Universidad y no solo conocía perfectamente cómo tratar al ser humano, también sabía y enseñaba a sus alumnos la importancia de actitud. Siempre se sentía como una reina y así la trataban los demás. Francesa de nacimiento, tenía acento que volvía locos a los hombres. Además, era una friki de Formula 1, cosa que gustaba aún más que su acento.
Conoció a Juan en un bar donde se reúnen los aficionados de distintos deportes para ver lo que más les gusta: fútbol, baloncesto, Formula 1. Aquella vez ponían GP de Miami. Enseguida sintieron atracción mutua, pero él estaba saliendo con alguien y se limitaron a verse de vez en cuando e intercambiar mensajes.
Y hace cuatro días él la invitaba a su casa. Ahora le volvía a llamar.
– Perdona las horas… Una amiga acaba de sufrir un horrible accidente de tráfico y no quiero estar solo.
– ¿Vas a ir a verla?
– No, ahora no… está en UCI… o la están operando… No sé exactamente, pero no es el momento. Iré cuando esté mejor.
– ¿Quieres que vaya a tu casa?
– Sí. Si puedes… o quieres…
Ella quería. Y podía.
A la mañana siguiente, Chloé se despertaba de frío. Sin abrir los ojos, tocaba instintivamente la manta. La manta estaba en su sitio. De hecho, frio no venía de fuera, venía de debajo de la manta.
– Juan, estás helado. Literalmente, – musitó ella.
Él no respondía. Girándose hacia él, Chloé le miraba un par de segundos y de repente saltaba, gritando, fuera de la cama. Sin parar de gritar, salía corriendo del piso tal como estaba, con solo camiseta de Juan puesta. Había dos apartamentos más en la misma planta, ella estaba golpeando puertas y llamando a timbres de los dos:
– ¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Ayuda!
Finalmente, una puerta se abrió.
– Ayuda, por favor, ayudeme… Hay un hombre muerto.
Chloé no recordaba muy bien todo el caos que vino después. Policías, médicos forenses, con quién habló cuando le tomaron los datos…
Dos días después, la policía la informaba de la causa de muerte: apnea obstructiva del sueño.
– ¿No es extraño que un hombre joven, sano y sin patologías previas se muera de algo tan… tan inofensivo? – preguntaba ella.
– Es poco común, desde luego, muy poco común. Pero no imposible. Es simplemente como si aguantara respiración hasta que su corazón haya parado.